Era la primera vez que le llamaba por su nombre en mucho tiempo. Y el tono también era distinto.
Levantó la vista del periódico para mirarle y notó inmediatamente que aquel domingo no iba a ser como todos. Llevaba casi siete meses comenzando sus domingos de la misma manera, desde dos semanas después de que muriera su madre. Al viejo le había costado aceptar, pero desde aquel 6 de octubre en el que quedaron por primera vez para desayunar juntos en la cafetería de Manuel, hijo y padre no habían faltado a su cita... excepto, claro está, durante el estado de alarma.Dos cafés con leche, un croissant, una tostada y un periódico.
Su padre sacó su estuche para el tabaco y empezó el ritual con un puñado de hebras, el papel y la boquilla. Mientras lo elaboraba miraba con la vista perdida por el cristal. Se levantó y salió a la calle fría y vacía. Manuel observó la escena con su sonrisa perenne aunque concentrado en sus cosas, ya que aprovechaba esa primera hora de la mañana para poner orden en la cocina. Hacía dos semanas que se habían levantado todas las restricciones para la hostelería, y se le hacía raro haber recuperado ciertas rutinas que llegó a pensar que nunca volverían.
El viejo volvió a entrar y comenzó a extender la mermelada por la tostada.
-Papá, me has dejado mudo. ¿Qué quieres contarme? ¿Estás bien?
Germán había esperado pacientemente a que volviera de su inexplicable salida repentina.
-Hijo… Hay algo a lo que he estado dando vueltas desde hace tiempo.
La extraña mezcla de preocupación y esperanza en su mirada resultaba incómoda. Nunca hablaban de asuntos personales. No lo habían hecho jamás y ahora, a pesar de que secretamente Germán había soñado alguna vez con tener más cercanía con él, no estaba seguro de estar preparado para ello. De repente, deseó que todo fuera como siempre: un ‘¿Qué tal los niños?’, un ‘¿Y Silvia?’, una disculpa más para no aceptar la invitación a comer con ellos y, como mucho, alguna anécdota sobre sus avances en la reparación del destartalado ciclomotor que había recuperado del garaje del pueblo para entretenerse.
-Estoy con alguien… Y… bueno no sé porque te lo cuento. ¿Tú crees que tu madre?...
-No sé muy bien qué decir ¿Quién es?
“Esto sí que no me lo esperaba”, pensó. Desde que un cáncer especialmente virulento se había llevado a Matilde, el carácter circunspecto y su lejanía se habían vuelto habitual. Unas formas que le eran familiares sin embargo, en ese preciso instante, no reconocía al adolescente de setenta y tantos que tenía delante.
-Es tu tía Finuca.
Se levantó de nuevo y le pidió a Manuel otro café.
Germán se recomponía en la silla mientras apilaba un montón de preguntas que brotaban tras escuchar esas cuatro palabras. ¡Era tan inverosímil!
-Pero, papá… -le costaba encontrar las palabras-. Siempre has aborrecido a Fina. Su presencia en nuestras vidas ocasionó tus peores riñas con mamá. No entiendo nada. Sabes que yo la adoro, y los niños, y Silvia, pero…
Su padre, que no había terminado de acomodarse en su silla aún tras volver de la barra con su segundo café, levantó la mano con un gesto rápido, tajante, inusual en él. Germán calló y esperó impacientemente.
-¿Recuerdas el retrato del recibidor? ¿El favorito de tu madre?
-Sí, papá. Claro. ¿Cómo podría olvidarlo?
Cuando sus padres se disponían a salir juntos de casa, su madre, siempre elegante aunque llevara un vestido camisero de algodón y unas simples alpargatas, obligaba a su marido a pararse frente al espejo. Con una pícara sonrisa, le decía: ‘Seguimos haciendo buena pareja, ¿eh, Chitu?¨ Y acto seguido, dirigiendo su mirada al cuadro, ‘Qué guapa me pintaste. Ese retrato me convenció de que me querías de verdad’.
Los ojos de su padre parecían al borde del llanto, por un momento tuvo la impresión de que estaba pensando lo mismo que él, y sin embargo le acababa de decir que ya estaba con otra. Daba igual que fuera la tía Finuca, ¿acaso estaban juntos cuando su madre vivía?
-Me siento tan culpable… Esta mañana me pareció verlo torcido, fui a enderezarlo… y se cayó. El marco es irrecuperable. Necesito que me ayudes.
-Lo del cuadro seguro que tiene arreglo. Por eso no te preocupes.
-Sé que hay mucho que explicar de lo otro. Se me agolpan los reproches y me siento perdido. Esto no tenía que haber ocurrido así.
